lunes, 18 de noviembre de 2013

Prólogo: Telaraña de Sangre.





“Dame tu silencio perenne,
Y tus ojos profundos en la noche
Y tu tranquilidad ante la muerte.”
Augurios, Rubén Darío







Prólogo

Una fina neblina color carmesí se expandía a raz de la tierra. Cadi esquivó con presteza aquella ponzoñosa destilación y corrió a través del bosque. Los árboles se agitaban suavemente con el vaivén del viento. Lamentó tener que dejar aquellos seres a su merced, pero debía encargarse de llevar el mensaje a las altas montañas.

Se dejó llevar a través de las ramas y esquivó unas cuantas raíces que sobresalían a través de la maleza. Evitó mirar atrás. No quería saber qué hacía aquella extraña y turbia neblina que auguraba catástrofe. Su extenso cabello color ónix se agitaba tras de ella como un borrón  incomprensible cuando los animales giraban para observarla. Su intuición le decía que debía continuar con su viaje a como diera lugar. Aquélla etérea bruma no era algo que pudiera vencer con las flechas envenenadas dentro de su carcaj. Sujetó su arco con fuerza, como para asegurarse de que estaba a su alcance. Sacó la daga que guardaba en su cinturón y rompió con esta la maleza que se interponía.

Finalmente llegó al riachuelo y corrió río arriba. Un espeso enramaje detuvo su camino tras unos diez minutos de travesía. Ella respiró con fuerza, cerró sus párpados y apoyó sus manos sobre aquél cerrado círculo de árboles. Las figuras color esmeralda marcadas en sus manos se agitaron con vehemencia cuando recitó las palabras sagradas. Las ramas de los árboles se contorcionaron hasta abrir el pequeño arco para ella. Con paso firme, entró al pequeño santuario de las ondinas.

Una cascada de gran magnitud se imponía sobre un amplio lago de aguas claras. En él, varias ondinas jugueteaban con fervor, como era su naturaleza. Cadi se apresuró hasta llegar al lugar donde se encontraban. Bajo la sorpresa, las jóvenes ninfas se escabulleron hasta el fondo del lago. Otras, presas de la curiosidad, asomaron sólo la mitad de su rostro. Tras unos segundos, una imponente ondina se levantó sobre las otras. En su cabeza llevaba una ornamentada corona llena de objetos marinos. Su cabello, de un tono zafiro con cerdas color plata se agitó bajo la brisa a medida que se secaba. Su piel brillaba con un tono iridiscente y las gotitas se escurrían con suavidad a través de su piel nívea. Llevaba alrededor de su cuerpo una fina tela gasa que apenas cubría su cuerpo  como amplias enredaderas; caía enrollada alrededor de sus brazos y se arrastraba tras de ella como una cascada cuando caminaba fuera del agua. El fino velo se deslizaba sobre el agua reptando como una serpiente. Sus grandes y curiosos ojos la observaban con aquella mirada color turquesa sin pupila que tanto reconocía. Ella acomodó su carcaj a medida que la Reina Lunae extendió sus brazos y le cubrió con ellos. Ella recibió su saludo con respeto cuando retiró sus brazos.

Qué deseas, Cadia del ónix, proveniente de los bosques Sur.

Su voz se oyó como un eco prolongado dentro de su mente, arrastrando con suavidad las palabras, como una ola de mar. Ella se  arrodilló e inclinó el rostro hacia la imponente figura que se cernía sobre ella. Las gotitas cristalinas caían sobre el delicado rostro de Cadia cuando el viento agitaba su tul en dirección a ella.

-Discúlpeme, majestad, pero he traído hasta usted palabras de mal augurio. Es de vital importancia que éstas palabras lleguen intactas hasta las altas montañas puesto que me es imposible abandonar el bosque– Las ondinas soltaron un suspiro de sorpresa y se agitaron en el agua. La Reina continuó con su mirada impávida sobre Cadi y asintió con lentitud.

Que así sea, elfo del bosque. Mi mejor alíada se encargará de que tus palabras lleguen más rápido que tu, inclusive, y se conservarán intactas tal cual como tú lo demandaste. Por ende, elige bien tus palabras.

Una pequeña pero ágil ondina de cabello rubio verdoso se acercó hasta Cadia y posó sus delicadas manos palmeadas sobre la hierba adyacente al lago. Su piel, de un suave tono celeste, resplandeció al entrar en contacto con los rayos del sol. Se acercó a la pequeña y con voz clara y fuerte, respondió:


-Cadia del ónix, mensajera y guardia de las praderas del bosque sur, lleva hasta los Reyes del Eoden las palabras que se escucharán.- Cadia respiró fuerte y claro, esperando que aquél mensaje lograra dar una idea concreta de lo que sucedía. Aún resistirían, pero la caída sería inminente si no recibían ayuda. Las ondinas estaban tan quietas como estátuas y el agua sólo se agitaba por las leves ondas que aún reverberaban en el lago. Ninguna logró esconder su estado de conmoción cuando Cadi logró pronunciar las últimas palabras – La oscuridad ha caído sobre el bosque Sur.